Los límites se rompen con las piedras. Trencamoles de Xert.


Subida a la cantera (enlace a todas las fotos)



Ayer domingo volví a la montaña en la localidad de Xert en la quinta edición de su carrera de montaña. Dieciocho kilómetros y pico por una paisaje que me recordó las películas del lejano oeste americano, con sus montañas coronadas por las muelas que les aportaban un aspecto mítico. Setecientos participantes que cerraron una inscripción con gran éxito y que animaron la carrera de forma increíble. 

Afrontaba la prueba con nuevos límites que suponía llevar mi resistencia en esta competición dos kilómetros más allá de lo que había hecho hasta ahora en un circuito que estaba seguro de que iba a ser muy exigente y doy fe de que lo fue. 

Con 1660 metros de desnivel acumulado en múltiples cumbres prometía resultar muy entretenida. Como me suele pasar en estas carreras los primeros cinco kilómetros fueron muy dinámicos y pude mantener un ritmo bastante bueno estando en todo ese tramo en el medio del grupo mayor de corredores. Sin embargo, a partir de esa distancia los pies se van poniendo más sensibles y el esfuerzo que hay que hacer para mantener un buen ritmo se multiplica a la vez que el cansancio. 

De alguna forma, en estas carreras hago una primera parte de corredor y dos terceras partes de trekking en plan tranquilo. Lo bueno es que poco a poco voy notando que la primera parte se va haciendo más larga y mientras note ese progreso pues me siento contento.Precisamente por el kilómetro cinco llegamos a un lugar en el que me parecía haber cambiado de planeta, subimos a una antigua cantera de piedra que supuso todo un ejercicio de acrobacias superarlo. Hablo de mí, por supuesto, novato en estas lides y con mucho que aprender. En una mano los bastones y con la otra y los pies agarrándome de los asideros que habían colocado para subir entre nivel y nivel de la cantera, creo que parecía un mono borracho aferrándome como buenamente podía.Sin embargo, este obstáculo rompió cualquier síntoma de monotonía y todo el mundo se divirtió mucho.Una vez salimos de la cantera se abrió el valle en el que se contemplaban las tres molas que tendríamos que superar. 

Procuré no pensar en nada y seguí sorteando un camino que se hacía más y más pedregoso. Sentía mis pies fuertes pero sabía que no sería ilimitado por lo que serené mi paso. Curiosamente una ligera patada que di a una piedra poco más grande que un limón me reventó la piel del dedo gordo del pie izquierdo. Solo era un pellejo pero el dedo se cubrió completamente de sangre. Como no me dolía hice caso omiso a lo escandaloso que parecía todo y seguí mi camino. Las molas me esperaban y yo no podía pararme ahora.Los caminos se hacía complicados y cuando no había piedras una cantidad de vegetación sumamente puntiaguda salía con fuerza de la tierra. Iba avanzando con mil ojos porque a lo que no podía arriesgarme era a atravesarme la planta de los pies. Sin embargo, los numerosos entrenamientos en montaña habían hecho su efecto y aunque algo lento avanzaba con firmeza y constancia.

El paso por el alto de la primera mola resultó alucinante. Corriendo bajo un techo de piedra que me cobijaba como un titán sentía que aquella era una carrera muy diferente.Por suerte la sangre del dedo gordo se secó y ya dejó de pringarme el pie que parecía perjudicado cuando estaba funcionando a la perfección. Y así llegué a la segunda mola y a la tercera y ya sólo me quedaban unos cuatro kilómetros para terminar. Ya estaba bastante saturado pero entero como para tener claro que pasase lo que pasase iba a llegar a tiempo y en buen estado. 

Ya me habían pasado prácticamente todos los participantes de la prueba pero eso no me preocupaba, mi carrera era podríamos decir, personal e intransferible y me sentía feliz porque a pesar de la enorme dificultad y de estar en un terreno aun más pedregoso de todos los que había corrido hasta el momento estaba llegando al final muy entero. Los dos últimos kilómetros ya era en una carretera rural con el asfalto en condiciones muy malas pero que al menos me permitía mantener un trote cochinero mucho más rápido que el paso entre pedruscos y así se me hicieron muy rápidos en comparación con el terreno del que venía. 

Llegué a la meta y aun había algunos participantes charlando tranquilamente antes de entrar por lo que de casualidad no llegué el último. Aunque eso me daba lo mismo, estaba feliz porque ya estaba en casa. Ya estaban entregando los trofeos a los ganadores y yo me dispuse a tomarme una buena cerveza con algunos pedazos de las deliciosas tortas que había por todas partes. Cuando en ese momento Raul Puchol, el speaker de la prueba me llamó para que subiera al podium. Me tenían preparada una cesta de productos exquisitos de la zona por el hecho de haber corrido la prueba descalzo. Me la entregó el alcalde, mientras me aplaudían con entusiasmo y yo estaba como un niño emocionado. Fue todo muy rápido, muy precipitado y me sentía cansado y feliz. Un regalo inesperado en una carrera especial por todas partes.

Gracias a Monica Shumacher, Antonio Capsir y Miquel Beltrán por las fotos.